𝐌𝐚𝐲𝐨 es florido, tanto en 𝐌𝐢𝐧𝐚𝐭𝐢𝐭𝐥𝐚́𝐧 como en 𝐌𝐨𝐧𝐭𝐫𝐞́𝐚𝐥. Allá, la 𝒑𝒍𝒖𝒎𝒆𝒓𝒊𝒂 𝒓𝒖𝒃𝒓𝒂 es el perfume que anuncia las fiestas de primavera de mi terruño. Recuerdo las bandejas rellenas de flores de mayo frescas en la entrada del Jardín Corona y portar racimos de ellas en mi oreja junto a mi máma, mi abuela y mis tías durante las Velas de primavera. Desde aquí, me atrevo a cortar tímidamente las lilas en los jardines, sobre todo las violáceas, las más perfumadas.
Desde mi inmigración, son años que no asisto a una Vela, y me imagino un mayo posible en Montréal, reunida con mis compañeras de camino celebrando una alternativa 𝑽𝒆𝒍𝒂 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝑳𝒊𝒍𝒂𝒔, adornando nuestros cabellos y trenzas con ramos generosos de tres colores de lilas frescas, vestidas todas de gratitud, bailando juntas en una acompasada ronda diaspórica.
Hoy porto mis lilas mientras danzo en mi hogar, o bien junto al río des Prairies, paralelo en mi memoria al río Coatzacoalcos, vestida con una enagua de holán invisible, junto al zumaque y bajo las ramas de aquel sauce llorón que se mece al compás del eco de mis sones, que resuenan siempre desde el refugio donde persisten en florecer mis raíces tejidas de nubes.
Instantes de primavera con sueños transculturales, MMXXVI.
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