Llega febrero, instalando su luz. La tierra aún duerme, pero ya cosquillas de vida se dibujan en sus ariles.
En mi terruño sureste son días de fiesta, donde la Virgen de la Candelaria bendice recorriendo las aguas del río Coatzacoalcos y se visten las Mesas jubilosas de las mayordomías istmeñas en el Salón Ixtaltepecano.
Aquí no es feriado, más lo celebro a la distancia. Después de la jornada, compartimos un festín casero: humilde ofrenda envuelta en tradición que apapacha la nostalgia. Y con ese abrazo –y promesa cumplida de enero– nos vamos a dormir bajo el manto nevado, aprendiendo también de su silencio sabio.
Pequeños rituales para celebrar el avance de los días luminosos, desde mi andar migrante. Invierno MMXXVI.

Petits rituels d'automne, en amont du solstice d'hiver, pour célébrer les cycles de la vie — et quoi de mieux qu'avec des tamales de fête—.
Journaux immigrants, novembre MMXXV.

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